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El pueblo de Zuzones y la canción de los pajaritos de San Antonio de Padua.
 
A veces, a los entrados en años, nos sucede que recordamos cosas o hechos, que nos sucedieron de niños, con mucha más exactitud y precisión que otros que nos han sucedido hace pocos días o pocos meses. Eso es lo que me ocurre a mí con la primera vez que oí la canción de “los pajaritos”, de San Antonio, en mi primera visita al pueblo de Zuzones.
Tendría yo unos ocho años, cuando el día 13 de junio, fiesta de San Antonio de Padua, al poco rato de haber entrado en la escuela, me dice el señor maestro que, a la entrada, me esperaba mi padre y que quería hablar conmigo. ¿Qué raro? ¿qué querría?. Mi sorpresa fue mayúscula y mi alegría aún mayor cuando me dijo que, como estaba lloviendo y no podía trabajar en el campo, se iba a ir a Zuzones a la fiesta de San Antonio, y qué si quería ir con él. ¿Cómo no?.
El maestro, que fue el mismo con el que hice todos mis años de colegio, era un catalán, llamado D. Miguel Albesa; todo un maestro de los de entonces, entregado por completo a su trabajo de profesor y de maestro; fue muy comprensivo y me dejo marchar.
Zuzones era un pueblo muy querido por mi familia y sobre todo por mi padre, que aprovechaba cualquier motivo, sobre todo las fiestas para hacerle alguna visita. Su abuelo, llamado Simón Esteban, era natural de Zuzones, y él hablaba con todo entusiasmo de sus primos: su primo Eusebio, su primo Vicente, su prima Sinforiana o su prima Manuela.
Para mi, por ello, era un pueblo que se salía de lo normal, pues por él pasaba un río tan grande como el Duero que no se podía vadear y que había que bajar hasta el puente de La Vid para atravesarlo; tenía una carretera nacional por donde todos los días pasaba un autocar de línea, algún que otro coche y alguna camioneta; y, sobre todo, tenía el tren, ese monstruo, cuyos resoplidos se oían desde los altos de los montes en días de aire favorable, y sobre todo esos silbidos que parecían venir de otro mundo.
Alguna vez lo habíamos visto cuando se paraba en las estaciones y, cuando intentaba arrancar, cómo empezaba a soplar y resoplar y a tirar humo por todas las partes, hasta que conseguía empezar a moverse un poco y lentamente y, cuando ya había andado unos metros, soltaba dos o tres tremendos silbidos, todo orgulloso, como para que todos los presentes nos diésemos cuenta de su prepotencia.
Todo esto le hacía para mí un pueblo fuera de lo corriente. Pero, cuando me encontraba en la fiesta, aún subió más puntos mi admiración, pues me encontré con que el Santo Patrón de la iglesia no era un santo cualquiera, sino que, lo nunca visto, iba montado en un caballo. Era San Martín de Tours. Y más todavía, el santo, cuya fiesta estábamos celebrando, San Antonio de Padua, había conseguido, nada menos que a la edad que yo tenía entonces, encerrar a todos los pájaros de su pueblo en una habitación.
Cuando nosotros conseguíamos coger un pájaro, que ordinariamente era algún gorrión, que se había metido a la casa a buscar comida, lo metíamos con todo interés en una jaula, lo poníamos trigo, pan y agua en abundancia, y el condenado del bicho prefería morirse antes que probar la comida y bebida que tenía en abundancia. Sin embargo, aquel chico de mi edad había conseguido coger a todos los pájaros de su pueblo y meterlos en una habitación y allí todos contentos gorjeando y cantando. ¡Vaya gozada!.
Allí, en Zuzones, fue donde por primera vez oía la canción que narraba estos hechos: la canción de los pajaritos de San Antonio de Padua. Aunque no para todos es San Antonio de Padua. San Antonio nació en Lisboa y, para los portugueses, es San Antonio de Lisboa. En el lugar, donde estaba la casa en que nació, hay una basílica, que bastantes de nosotros hemos visitado en alguna excursión cuando hemos estado allí. Es normal que los portugueses no quieran que les quiten la gloria de uno de sus hijos más ilustres y les guste más llamarlo San Antonio de Lisboa que San Antonio de Padua; en Padua fue donde murió.
Pues sea a San Antonio de Padua o sea a San Antonio de Lisboa (cada cual escoja el que más le guste) vamos a dedicar la canción del milagro de “Los Pajaritos”. Si, con ello, conseguimos que alguno la tararee o la cante y con ello pasa un rato divertido, nos sentimos recompensados y pagados; pues eso es lo que deseamos.
 
El milagro de San Antonio. Los pajaritos.
 
Divino Antonio precioso – suplícale al Dios inmenso,
que por tu gracia divina – alumbre mi entendimiento.
Para que mi lengua – refiera el milagro
que en el huerto obraste – de edad de ocho años.
Desde niño fue nacido – con mucho temor de Dios,
de sus padres estimado – y del mundo admiración.
Fue caritativo – y perseguidor
de todo enemigo – con mucho rigor.
Su padre era un caballero – cristiano, honrado y prudente
que mantenía su casa – con el sudor de su frente.
 
Y tenía un huerto – en donde cogía
cosecha del fruto – que el tiempo traía.
Por la mañana un domingo – como siempre acostumbraba
se marchó su padre a misa, – cosa que nunca olvidaba.
Y le dijo: Antonio – ven aquí, hijo amado,
escucha que tengo – que darte un recado.
Mientras que yo estoy en misa – gran cuidado has tener,
mira que los pararitos – todo lo echan a perder.
Entran en el huerto – comen el sembrado,
por eso te encargo – que tengas cuidado.
Cuando se ausentó su padre – y a la iglesia se marchó,
Antonio quedó cuidando – y a los pájaros llamó.
Venid pajaritos, – dejad el sembrado,
que mi padre ha dicho – que tenga cuidado.
Para que mejor yo pueda – cumplir con mi obligación,
voy a encerraros a todos – dentro de esta habitación.
A los pajaritos – entrar les mandaba
y ellos muy humildes – en el cuarto entraban.
Por aquellas cercanías – ningún pájaro quedó,
porque todos acudieron – como Antonio les mandó.
Lleno de alegría – Antoñito estaba
y los pajaritos – alegres cantaban.
Al ver venir a su padre – luego les mandó callar,
llegó su padre a la puerta – y comenzó a preguntar:
Dime, hijo amado – qué tal, Antoñito,
¿has cuidado bien – de los pajaritos?
El hijo le contestó: – padre no tenga cuidado
que para que no hagan mal – todos los tengo encerrados.
El padre que vio – milagro tan grande,
al Señor Obispo – trató de avisarle.
 
Acudió el Señor obispo – con grande acompañamiento,
quedando todos confusos – al ver tan grande portento.
Abrieron ventanas, – puertas a la par,
por ver si las aves – se quieren marchar.
Antonio les dijo a todos: – señores, nadie se agravie,
los pájaros no se marchan – hasta que yo no lo mande.
Se puso a la puerta – y les dijo así:
vaya, pajaritos, – ya podéis salir.
Salgan cigüeñas con orden – águilas, grullas y garzas,
gavilanes, abutardas – lechuzas, mochuelos, grajas.
Salgan las urracas – tórtolas, perdices,
palomas, gorriones – y las codornices.
Salga el cuco y el milano – burla-pastor y andarríos,
canarios y ruiseñores – tordos, garrafón y mirlos.
Salgan verderones – y las carderinas
y las cogujadas – y las golondrinas.
Al instante que salieron – todas juntitas se ponen,
escuchando al buen Antonio – para ver lo que dispone.
Antonio les dijo: – no entréis en sembrados,
marcharos por montes – riscos y los prados.
Al tiempo de alzar el vuelo – cantan con gran alegría,
despidiéndose de Antonio – y toda su compañía.
El Señor Obispo – al ver tal milagro,
por diversas partes – mandó publicarlo.
Árbol de grandiosidades – fuente de la caridad,
depósito de bondades – padre de inmensa piedad.
Antonio divino, – por tu intercesión
todos merezcamos – la eterna mansión.
Publicado en el mes de junio del año 2003.

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